El poder ya no se impone con violencia. Hoy dicta prisión desde el estrado.

El abogado del diablo no era solo cine. Era un manual.
Un adelanto de lo que pasaría cuando el poder aprendiera a disfrazarse de legalidad.
Hoy ya no hace falta romper la ley para arruinarle la vida a alguien.
Basta con aplicarla mal. O simplemente, con tener un juez que sepa a quién debe obedecer.
Litigamos en audiencias donde todo parece ordenado:
se nos deja hablar, se mencionan artículos, se citan tesis…
pero la decisión ya está tomada.
La prisión ya está decidida.
Y todo el procedimiento es una simulación que busca justificar lo que ya se pactó en otra parte.
Poco importa si las pruebas no alcanzan.
Poco importa si la defensa demuestra que no hay delito.
Si hay presión de arriba, el juez resuelve como le indican.
La prisión preventiva dejó de ser la excepción.
Hoy es el castigo automático.
Y el sistema no solo lo permite: lo normaliza. Lo premia. Lo aplaude.
Hay algo peor que un juez corrupto: un juez obediente.
Uno que no necesita dinero. Solo necesita conservar su plaza.
Uno que ya se alineó con quien manda.
Uno que ya no razona: administra condenas como quien imprime boletas.
Y lo hace con total convicción.
Con aire solemne.
Con citas de jurisprudencia que no entiende,
mientras decide el destino de alguien
como si firmara su hoja de asistencia.
El abogado del diablo lo anticipó con una frase que hoy parece profética:
“El poder real ya no está en la religión ni en las armas. Está en la ley.
El nuevo sacerdocio es el del abogado.”
Pero lo que vivimos hoy va más allá.
Milton, al menos, era brillante.
Su plan requería oratoria, seducción, estrategia.
Aquí no hay nieto del diablo.
Solo hay jueces sin rostro, burócratas de la tragedia,
guardianes del “criterio institucional”.
Nos permiten litigar, sí.
Pero en falso.
Nos dan la ley, pero ya está doblada.
Nos dejan hablar, pero nadie escucha.
Nos permiten apelar, pero no esperar justicia.
¿Y el delito? A veces ni importa.
Basta un rumor, una instrucción, un cálculo político.
Porque aquí, más que delitos, se castigan personas.
Se castigan discursos.
Se castigan resistencias.
¿Por qué lo hacen?
Porque el sistema los aplaude.
Porque el poder los premia.
Y porque, al final, la vanidad —no la justicia— es lo que los mueve.
“Vanity… definitely my favorite sin.”
